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Viento de acero
El tren,
como un viento de acero,
segando las alas de la piedra,
las altas torres flotando en plástico y vidrio,
que sobrevuelan las nubes grises
de la ciencia.
Las vías deslizan,
larga y rígida, a la serpiente reptando
los hielos inanimados de la ciudad,
y las esmeraldas que nievan los follajes
del campo.
Se aleja, como el tiempo que se ama.
Acercándose, igual que el día malvado, angustioso.
Estación tras estación, sudándole besos
al olvido; y las lágrimas, desnudas
en las miradas; manos que saludan,
semejando flores agitadas por la confusa brisa
de lo humano. Las roídas horas de los rieles
se desmigajan como los banquetes
de hartos estómagos, de trémulos vinos
en los labios de la poesía. El sol y la luna
conocen su tacón de hierro,
la química resinosa del férreo aliento,
los continentes en las huellas
implacablemente largas; en los andenes, pues,
quedan las almas; miran lluvias y granizos,
que ya no pueden con el respiro metálico
del tren. Sal que sopla del mar
hasta el cobertizo de las almas viajeras.
Ni lejanas y pálidas manchas nivosas lo turban:
Saluda los saludos de la nostalgia.
Todos esperan en los andenes impertérritos.
Horarios de ojos, de risas y de lágrimas.
Noches y días…
Pero el tiempo nuestro
es vencido por otro tiempo de viento, de acero.
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